Sobre la inutilidad de trabajar tanto

Hoy es lunes y Pepe, que va de camino hacia la independencia financiera, pero aún está ahí, en el camino, disfruta de la paz de la sala de profesores de su instituto mientras corrige unos examencicos. Entonces entra Filiberto, el profesor de educación física, un tío de dos metros, que no cabe por la puerta, le da un manotazo en la espalda, tan animado como siempre, y va y suelta:

—¿Qué, Pepe? ¿Has pisado la nieve estos días?

Y es que resulta que ha nevado en el pueblo de Pepe y Filiberto, lo cual es bastante infrecuente, no habiendo ocurrido en la última década.

—Pues sí, Filiberto, el mismo miércoles por la tarde, cuando empezó a nevar, me fui a Las Fuentes a correr.

—¡Chacho! ¿Sí?

—Sí, porque pensé: “No sé si para la próxima vez que nieve estaré en condiciones de salir a correr, así que más vale que aproveche ésta”. Y me fui. Un rato corto, por aquí cerca nada más. ¿Y tú?

—Yo sí salí más, la verdad. El jueves, como cortaron las clases, me fui todo el día al monte, a pie. Y el viernes salí un rato por la mañana con la bici. Fue delicado, ¿sabes?, la bici frenaba poco y, con mi peso encima, ¡por poco me caigo por un barranco!

—¡Madre mía! Pues menos mal que no te ha pasado nada. ¡Qué harían estos muchachos del instituto sin ti!

—Pues lo mismo que han hecho estos dos días que no hemos tenido clase: divertirse y —bajando la voz, dice— aprovechar el día mucho más que estando aquí, los pobres.

—Desde luego, sí es verdad. Seguro que han hecho cosas mucho más útiles y más interesantes que cuando echan la mañana aquí. Sí que tienen que aprender cosas, pero, seguramente, si vinieran menos horas o menos días…

—O ambas cosas —se guasea Filiberto.

—Desde luego. Con mucho menos tiempo podrían aprender ellos lo poco importante que van a sacar de aquí. Y nosotros no tendríamos que estar aquí tantas horas. De hecho, fíjate que hemos tenido estos dos días libres por la nieve, que nadie los había previsto, y no ha pasado nada. Yo voy a tener que atrasar un examen, pero… ¡ya ves tú qué tragedia!

—Efectivamente. De hecho, yo estoy seguro de que si, en vez de tener clase cinco días, tuviéramos cuatro, desperdiciaríamos menos el tiempo y podríamos enseñar lo mismo. Bueno, quien dice “enseñar”…

—Sí, así lo creo yo también. Como al fin y al cabo no estamos haciendo un trabajo imprescindible, de vida o muerte, por saltarnos algún día no pasaría nada. Seguramente todos, los alumnos y nosotros, vendríamos más descansados, más “completos” y aprovecharíamos mejor el tiempo.

—Ya. La gente solemos optimizarlo cuando tenemos poco. ¿Eso no era la ley de nosequién, Pepe?

—De Parkinson, sí. Que dice que “el trabajo que tengas que hacer lo vas a ir retrasando, de modo que no te sobre nada de tiempo”, no vaya a ser que te tengas que relajar y pensar en tu vida, si te quedas sin nada que hacer…

—¡Chacho, qué profundo… se me ha hecho un nudo en el estómago! —Hace una pequeña pausa y continúa—. Voy a almorzar ya mismo. Bueno, ahora, porque sí es verdad lo que dices. Y ahora que lo pienso, no sé si también cerraron los supermercados, las gasolineras u otros comercios o fábricas, pero seguro que si cerraron algunas o todas estas tiendas, eso no dio lugar a ninguna hecatombe.

—No, desde luego, aunque a alguna gente sí se lo habrá parecido, ya que estamos acostumbrados a tener todos estos servicios abiertos para nosotros de continuo: que se te acaba la leche, vas a comprar una caja al supermercado que está a 100 metros; que llevas el coche en la reserva, le echas gasolina cuando quieras, como la gasolinera está abierta las 24 horas… —suspira Pepe.

—Claro. Fíjate, incluso, con algo de planificación, podríamos tener los supermercados del pueblo, que habrá 10 por lo menos, de forma que abriera uno al día, o que estuviera cada uno, un día abierto y dos cerrado, alternándose o algo así. Todos sobreviviríamos perfectamente… igual que sobrevivimos los domingos, que están cerrados, y mi hermana, que trabaja en un supermercado, podría estar más con sus zagales, que no los ve nada.

—Así es. Y los empleados podrían cobrar lo mismo porque el supermercado vendería lo mismo, la única diferencia sería que la gente echaría menos viajes y compraría más en cada viaje. Nos habríamos organizado mejor. Pero claro, ¿para qué nos vamos a molestar en planificar la compra y así echar menos viajes?, ¡si el supermercado está abierto a cualquier hora! ¡Qué lujazo!

—Ahí está. Y lo mismo pasa con trabajos de oficina y todo eso, al igual que el papeleo que tenemos que hacer nosotros, ¡que cada vez somos más rellenapapeles, en vez de maestros! —dice Filiberto, dando un golpe en la mesa—. Si viniéramos tres días, ¡ya verías tú cómo buscábamos la mejor manera de terminar con los papelajos y realmente nos dedicábamos a dar clase!

—Bueno, y nosotros nos podemos dar con un canto en los dientes, porque no estamos 40 horas semanales en el “puesto de trabajo”, aunque según se organice cada uno en su casa, echa 40 horas o no. Pero en la mayoría de los trabajos “de oficina” ¿tú dime a mí cuántos problemas insalvables habrán tenido estos dos días de nieve si es que no han trabajado?

—Pues seguramente no muchos. Y si ya hubieran sabido de antemano que no iban a trabajar esos días, habrían adelantado algo y habrían atrasado algo y chimpún, ¡a disfrutar el fin de semana de cuatro días! Igual que cuando hay algún puente.

—Claro —asiente Pepe—. Si, quitados los trabajos relacionados con cuidar gente, que sí que tienen que estar atendidos en todo momento, como en la residencia de ancianos, los hospitales, los bomberos, las ambulancias, la limpieza de carreteras, obviamente… el resto de trabajos parece que están hechos para que todo el mundo esté ocupado un número determinado de horas, produzca más o produzca menos. Cuando, probablemente, podían producir más trabajando menos horas. ¡He aquí la inutilidad de trabajar tanto!

—Así es. ¡Qué profundo, Pepe, me están dando ganas de llorar!

—Pues llora, Filiberto, llora, que llorar es de humanos.

—No, que me ven los zagales… un tio tan grande como yo, llorando… y luego me ponen motes, como El gigante llorón. Qué poco originales, ahora que lo pienso —y, tras unos segundos se repone y añade—. Y en cuanto a lo de trabajar menos horas, lo que he visto yo, tanto en este trabajo como en otros que he tenido, es que la gente no entiende que puedas querer trabajar menos, aunque cobres menos.

—Ya, si eso me ha pasado a mí, porque tanto Pepa como yo hemos trabajado la mayoría de años a tiempo parcial, aquí, en el pueblo o muy cerca, con el fin de no tener que echar una hora de ida y otra de vuelta al trabajo, y, cuando se lo decíamos a alguien, decía “Ohhh, qué pena, así cobras menos”. Y es verdad, cobras menos, pero gastas menos, al no hacerte 150 kilómetros al día, y tu calidad de vida mejora… ¡tropecientas veces! Pero quien solo piense en ganar más, y trabajar más, para gastar más, eso no lo ve.

—Yo sí lo veo, Pepe, tranquilo. Tienes más tiempo libre para salir a hacer ejercicio, para estar con Pepita… hasta para montar un blog, si quisieras.

—¿Si quisiera? ¿Pues dónde crees que estamos?

Y, de pronto, se dobla una de las patas de la silla donde está sentado Filiberto, el cual se agarra a Pepe y casi se caen los dos al suelo de lleno:

—¡Pijo, que me he cargado la silla! ¡Qué soponcio!

—Ay, sí, perdona. Es que digo unas cosas… —Y disimulando continúa—: Bueno, voy a ver si termino con estos exámenes, que en diez minutos tengo otra clase y es la última por hoy.

Por lo que Filiberto y Pepe se despiden, quedando en sus mentes que la forma de promover el trabajar menos es predicando con el ejemplo.

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© 2017 Pepe Peseta Patilla. Tema de Anders Norén.