¿Para qué pijo vas a correr riesgos invirtiendo?

Hoy, Pepe, Jacinto y Mari Antonia van, junto con otros cientos de profesores, a la reunión con el coordinador de las pruebas de acceso a la universidad. Desgraciadamente, tienen que ir en coche, en vez de en bici, pues está a 80 km del pueblo, pero la idea de Pepe es aprovechar el viaje al máximo, que el instituto les va a pagar de todos modos. Por eso van los tres compartiendo el coche y además se acercarán a hacer la compra en el supermercado más barato de la provincia, que está cerca de la universidad.

 

Y entonces, sin venir mucho a cuento, Pepe va y suelta:

—Pues no sé cuánto tendréis pensado comprar vosotros en el supermercado, pero me parece que nos vamos a volver con el coche a reventar, porque yo por lo menos tengo pensado comprar bastante de las cosas que gastamos en mi casa, que están aquí más baratas que en el pueblo.

—Yo también tengo pensado aprovechar—dice Mari Antonia—. Ya que venimos… podemos rellenar la despensa por menos dinero.

Y Pepe añade, todo animado, quizás porque ha oído la palabra dinero:

—Claro, es como con las inversiones: si han bajado de precio, magnífico, ¡podrás comprar más con las mismas perras!

Y entonces se hace el silencio en el coche durante unos segundos, con Jacinto y Mari Antonia mirando al frente, pero también a Pepe de reojo y con sus ceños a medio fruncir, como pensando “Pero, ¿qué está diciendo este?”. Hasta que Jacinto pregunta:

—¿Te refieres a las inversiones esas de los bancos?

—Sí, claro, a eso me refiero. Vosotros, ¿dónde tenéis el dinero invertido? Es decir, ¿qué tipo de cartera tenéis?

—Pues yo tengo una cartera que me regaló mi mujer para mi cumpleaños. Mírala —dice Jacinto sacándosela del bolsillo—, aquí llevo una foto de mi Jaime…

Y Mari Antonia interviene:

—Creo que no se refiere eso, Jacinto. Yo quería preguntarte algún día por eso de las inversiones, Pepe, ya que estás siempre con lo del ahorrar y la independencia financiera esa… Mira, Mario Antonio y yo tenemos ahorradas algunas perras, casi 10 000 € ya, y la verdad es que no sabemos qué hacer con eso, pero queremos hacer algo, porque lo tenemos ahí en la cuenta del banco que no gana nada… El tio del banco nos ha ofrecido un depósito al 0,2 %, pero necesita que domicilie la nómina, recibos y no sé cuántas condiciones más… A nosotros nos gustaría sacarle provecho. Toda la historia esa de la independencia financiera que dices nos llama la atención, pero no sé si ganando un 0,2 % será suficiente.

Entonces Pepe se yergue en su asiento, ensanchándosele la sonrisa y contesta:

—¡Bueno, es magnífico que tengáis interés en este asunto! Lo que tenéis que hacer es muy simple: ¡invertirlo, claramente!

—Invertirlo. Ya. ¿Y es necesario? Es decir, ¿no podemos llegar a ser financieramente independientes simplemente ahorrando bastante, pero guardándolo en una cuenta del banco? Es que eso de invertirlo… eso me da a mí cosa… suena muy arriesgado.

—Bueno, si no lo inviertes, lo que tienes seguro es que vas a perder perras con el paso de los años, porque las cosas cada vez valen más y tu dinero va a seguir siendo el mismo.

—No, si sé qué es la inflación, no ves que yo me crié con la peseta.

—Pues entonces ya ves que es necesario que el dinero vaya creciendo también, igual que los precios de las cosas. Sin embargo, no tienes por qué pensar que tenerlo invertido es más arriesgado. Hay estrategias de inversión con las que no te tienes que preocupar prácticamente de nada, no tienes que vigilarlas, ni estar atenta a ningún valor de nada, ni tienes que preocuparte por los acontecimientos políticos, ni nada. Tú la montas y casi casi te olvidas.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo es que no he oído yo eso antes? —pregunta Jacinto.

—Pues porque este tipo de inversiones no salen en la tele, no son emocionantes, no hacen que te suba la adrenalina… —dice Pepe, levantando las manos.

—¡Pepe, no corras tanto, anda!

—Sí, perdona, es que se me sube a mí el cortisol. Pues eso, que si quieres alcanzar la independencia financiera, necesitas que tu dinero genere más dinero para ti y así puedas conseguir a la larga que ese beneficio sea suficiente para pagar tus gastos, y por lo tanto, que esas perras que tienes sean como una fábrica de donde van saliendo los billetes que tú necesitas para tus gastos normales. O sea, esas perras ¡se transforman completamente en una fábrica! No son para gastarlas, son para que estén trabajando para ti, ¿entiendes?

—Creo que sí.

Y Jacinto pregunta:

—¿Y por qué no puede uno llegar a vivir de los ahorros, sin que estén invertidos? Es decir, si fuera guardando billetes debajo del colchón, ¿no llegaría un momento en el que tendría suficientes para poder retirarme e ir pagando de ahí mis gastos durante el resto de mi vida?

—Podría ser, pero hay dos razones en contra. Una, y ya con esta es suficiente, es que es un desperdicio: si las perras pueden estar trabajando para ti y generando beneficios, ¡es una abominación de la naturaleza tenerlas debajo del colchón e ir comiéndotelas!

—¡Dios, qué exagerado que eres, Pepe! Aunque, bueno, sí, es verdad. Es como si me ofrecen una subida de sueldo sin más condiciones y digo “No, no la quiero, gracias”.

—Claro. El que estuvieran bajo el colchón haría que tuvieras que estar trabajando muchos más años que si estuvieran invertidas y no te asegura que te duren para siempre, porque, ¿tú sabes cuándo te vas a morir?

—Pues espero que hoy no, Pepe, pero tú vas muy emocionado conduciendo. Anda, ten cuidado.

—Sí, mejor será que coja el volante con las dos manos —y al instante suelta una mano y media y sigue—. Mira, para que veáis cuál es el problema de gastar de tus ahorros en vez de de la ganancia de las inversiones: Si, por ejemplo, vas ahorrando el 50 % de lo que ganas, eso te da para vivir los mismos años que hayas estado ahorrando, es decir, si ahorras durante 20 años, durante esos 20 años te has gastado el 50 % de lo que has ganado; pues el otro 50 % te dará para vivir otros 20 años, aunque sería algo menos, por la inflación, pero bueno. Eso estaría bien y podrías estar durante esos años sin trabajar porque tus ahorros te estarían dando para tus gastos. Pero eso sí, se acabarían a los 20 años de modo que no se pueden mantener de forma indefinida, ¡ya está! Si quisieras que te duraran toda la vida, tendrías que estar ahorrando el 50 % desde los 20 hasta los 60 años, es decir, 40 años, para que te aguantaran otros 40, contando con que viviremos hasta cerca de los 100. ¡Y no vayas a vivir más, no vaya a ser que te acabes todos tus ahorros antes de tiempo!

—Pero entonces sí cobraría algo de jubilación, ¿no? —pregunta Mari Antonia.

—Pues, si las pensiones siguen como están, supongo que sí. Aunque por otro lado está la depreciación de los ahorros por la inflación, como os he dicho. Y, bueno, lo esencial es que… no sé vosotros, pero yo querría retirarme mucho antes de los 60 años. ¡Sobre todo antes de estar trabajando 40 años! Fíjate que si ahorras el 50 % y lo inviertes, te puedes retirar tras unos 16 años de trabajo. ¡Cómo vas a comparar eso con 40!

Y Jacinto salta, con máxima chulería:

—¿Y si ahorro el 75 %?

—Pues, si no lo tienes invertido, por cada año trabajado tendrás 3 años de retiro, por lo tanto, si te quedan 60 años de vida, vamos a poner, tienes que trabajar 15 más.

—Oye, pues son pocos, ¿verdad?

—Sí, pero si lo vas invirtiendo, tendrás que trabajar 7 años. Son menos, ¿verdad?

—Ehhh… sí… alguno menos.

—Esto también lo puedes ver de otra manera: Si tienes el dinero invertido, te podrás retirar cuando tengas unas 20 o 25 veces tus gastos anuales, pero si lo tienes sin invertir, tienes que tener ahorrados tus gastos anuales tantas veces como años te queden de vida, que serán muchos más, a no ser que tengas pensado retirarte bien tarde o morirte pronto.

—¡Y dale con el morirse! —contesta Jacinto.

—Ya, si vemos la ventaja, Pepe —interviene Mari Antonia—. Si tienes una inversión, esos ahorros sí se pueden mantener indefinidamente, porque el dinero que tú tienes ya no es dinero que se gasta, es dinero que trabaja para ti, es una máquina que te produce billetes. ¡Una máquina de hacer billetes!, como suele decirse.

—Así es. Ese dinero, invertido, sí te puede durar de forma indefinida hasta que te mueras y luego, si tus descendientes quieren seguir la misma pauta, pues que lo hagan. Así que, esa es la cosa: que sin inversión no hay independencia financiera de por vida, porque…

—Vale, vale, Pepe, no te enrolles tanto, que lo he entendido —lo corta Mari Antonia— lo que pasa es que no me fio mucho de esto. A ver, ¿qué voy a hacer? ¿Me voy a poner a invertir en bolsa? ¡Si yo no sé nada del asunto ese! La verdad es que prefiero dejarlo en una cuenta del banco, que aquí es donde lo he tenido toda la vida y ahí no le va a pasar nada. O, si acaso, coger algún depósito a plazo fijo, que gane un poquico, pero ahí están seguras las perras.

—No te preocupes, que el invertir no es tan difícil, ni mucho menos. Pero como ya estamos llegando, si queréis, hablamos de eso a la vuelta, en otro artículo del blog…

Entonces, de golpe, al coche se le encienden todas las luces del salpicadero y empieza a dar saltos hacia delante y hacia atrás, como si se fuera a calar. Tras un segundico, vuelve a la normalidad y Pepe, disimulando, dice:

—Esto… ale, vamos a estirar las patuchas, que nos quedan 10 minutos.

Y Jacinto y Mari Antonia asienten, aunque ninguno está muy seguro de si volverse con él o en autobús.

No obstante, la curiosidad por saber cómo invertir de forma tranquila, vencerá.

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© 2017 Pepe Peseta Patilla. Tema de Anders Norén.