Tras unas reuniones un tanto infructuosas, como suele ser, cuando se junta gente con tiempo de sobra y preocupaciones absurdas, Jacinto, Mari Antonia y Pepe han pasado por el supermercado más barato de la zona y han encauzado de vuelta al pueblo.

Después de unos minutos de silencio, mientras salen del tráfico denso, inesperadamente, Jacinto va y suelta:

—No os penséis que toda la cerveza que he comprado es para mí, ¿eh? Es que he hablado con mi cuñado y me ha dicho que le compre, porque en el pueblo la venden a 40 céntimos y aquí está a 30, aunque se la voy a vender a 35. ¡Que gane yo algo! ¿no?

—Pues sí, como íbamos hablando antes, has hecho una inversión, corriendo un riesgo, porque si ahora tu cuñado no te la compra…

—Pues me la tengo que beber yo toda. ¡Madre mía!

—Sí, pero no toda el mismo día, ¿eh?

—No, no, claro —termina Jacinto.

—Hablando de inversiones, otra inversión que hace bastante gente es comprar una vivienda y alquilarla. Eso son perras con las que tú has comprado algo, la vivienda, que te va generando más perras. Esto se entiende muy bien porque la vivienda es una cosa física, que la ves directamente, te pagan personas que tú conoces… y eso hace que lo entendamos mejor. Sin embargo, también hay otras formas de inversión…

—Como el oro —interrumpe Jacinto—. Hace unos años abrían una tienda de esas de compraventa de oro cada semana. Y ya no sé si queda alguna. Yo voy a abrir una de obras de arte y antigüedades, que de eso entiendo.

Y entonces Pepe mira a Jacinto, a ver si lo está diciendo en serio.

—Pues sí, efectivamente, eso también son inversiones cuyo funcionamiento podemos entender bastante bien, porque, si compras oro físico o un cuadro, lo que compras te lo llevas en la mano y entiendes que generará beneficio si, cuando lo vendas, te dan por ello más dinero del que pagaste. De la misma forma, hay quien invierte en moneda extranjera, comprando y vendiendo libras, dólares o yenes según el precio que tengan respecto a la peseta.

Y Mari Antonia dice:

—Si todo eso está muy bien, pero por lo menos yo no sé nada de todas esas cosas. Yo necesitaría alguna forma de invertir el dinero sencilla y que no requiriera un montón de trabajo por mi parte.

—Lo que necesitas, Mari Antonia, es invertir en productos financieros. No en depósitos a plazo fijo, como os dijo el del banco, sino en otros productos que den más ganancia, como las acciones, los bonos, los fondos de inversión…, que, usados de la forma correcta, a lo largo del tiempo dan beneficios.

—Y ¿me puedes explicar qué productos financieros de esos puedo comprar?

—Pues desgraciadamente no, porque ese paso es algo que tenéis que elegir vosotros, los dueños de las perras, y nadie más. Pero tranquila, que ahora te digo cómo tenéis que elegirlos. Lo principal que tenéis que entender es que es necesario que los elijáis vosotros porque el valor de lo que compres o los beneficios que te dé, van a ir variando con el tiempo. Mientras va ganando valor, todo el mundo está muy contento, pero vienen, seguro, otras épocas en las que baja de valor y eso a la gente le gusta menos. Y es entonces cuando viene el peligro de que digas: “¡cagüentó lo que se menea, que estoy perdiendo perras! Yo esto lo desmonto ahora mismo, antes de que pierda más”. Y entonces vendes lo que tienes a un precio inferior al de compra, es decir, realmente perdiendo perras.

Y Jacinto pregunta, con cara de susto:

—¿Y qué otra cosa vas a hacer si pasa eso?

—Pues quedarte como estás, sin hacerle caso. O mejor, comprar más de lo mismo, que está más barato que la última vez que lo compraste, que es lo que has hecho tú con la cerveza.

—Ah, sí es verdad. ¡Qué listo soy, pijo!

—Sí, mucho… El asunto este de la confianza es lo principal y es por lo que es importante elegir una cartera de inversión con la que tú sientas profundamente… “Mira, sí es verdad, hostia, esto parece que tiene sentido. Esto lo veo completamente lógico y me da la suficiente confianza como para creer que esta sí que va a tener un crecimiento bueno a lo largo del tiempo”. De modo que en los periodos de bajada tengas la serenidad suficiente para mantenerla y, si puede ser, ampliarla. Es lo mismo que hemos hecho nosotros al ir al supermercado para comprar más barato. —Y hace una pequeña pausa, para ver si le siguen o están mirando por la ventana— Por eso, la cuestión a la hora de elegir una cartera adecuada, es decir, un conjunto de productos de inversión que vayas a mantener, es que conozcas su comportamiento suficientemente bien y confíes en él, con el fin de que estés preparado para las subidas y bajadas en los valores de lo que compres y, cuando lleguen las épocas de bajada de valor, que llegarán, segurísimo, te mantengas firme con la inversión.

Y Mari Antonia añade:

—Sí. Lo de las ganancias y las pérdidas yo lo veo muy claro en el caso de tener una vivienda y alquilarla. Ahí va variando a lo largo del tiempo el valor de la vivienda, pero, quien la tenga para alquilarla, le va a dar igual eso. Sin embargo, también va variando a lo largo del tiempo el beneficio que saca del alquiler, porque unas veces lo podrán alquilar más caro, otras veces más barato, habrá meses que lo tengan vacío, hay cosas que tienen que comprar o que arreglar, hay pagamentas que tienen que hacer por tenerlo alquilado; es decir, hay subidas y bajadas en los ingresos —Hace una pausa, respira profundamente y continúa—. ¿Y pasa lo mismo con los productos financieros?

—Pues sí, su precio también varía, lo que pasa es que la gente no se lo toma igual que con una vivienda. Si tienes una casa que te costó 10 y ahora vale 11 o vale 8, la gente no suele preocuparse, porque considera que sigue teniendo una casa. Pero con los productos financieros no solemos hacer lo mismo: si tenemos 300 acciones, que costaron 10 y su valor ahora es 8, ¡seguimos teniendo las 300 acciones, no deberíamos preocuparnos!, pero la gente solo ve que lo que tiene ahora vale menos, parece que ¡has perdido perras! y es cuando vienen los problemas, debido todo a que los productos financieros no son algo físico, que puedes utilizar para otra cosa, como una vivienda. Por eso, como digo, es necesario confiar en la cartera que montes.

—Pero entonces, ¿cómo me informo yo de qué carteras de esas hay? —continúa Mari Antonia.

—Pues hoy día es bastante fácil, con el internete, pero… te simplifico la búsqueda: www.portfoliocharts.com. No necesitas nada más.

—¿Ehhh? —dicen ambos.

—Esa es una página sobre carteras de inversión tranquilas le llamo yo, aunque los ingleses les llama lazy, pero ¡ESTE BLOG ES MUY ESPAÑOL! —se le escapa a Pepe, todo emocionado, por lo que los otros dos lo miran, entre asustados e incrédulos y Mari Antonia dice suavemente:

—Pepe, anda, para en la Venta la Alegría, que tengo que ir al baño —aunque lo que está pensando es “que me quiero bajar de este coche”.

—No, mujer, si ya falta poco. Mira, os sigo diciendo lo de la página esa, que además, fijaos qué suerte la nuestra, hace unos pocos días ha cambiado la estructura de su blog y ha creado una sección con información específica de las carteras. Por lo tanto, no tienes más que ir, leerlo y ampliar la información con los enlaces que hay allí y con los libros sugeridos. Bueno, digo “no tienes más…”, pero esto te va a llevar varios meses…

—Ya. Bueno, luego lo iremos viendo Mario Antonio y yo. Pero, ¿no me puedes hacer tú un resumen ahora?

—Sí, claro, faltaría más.

—No, sí ya vemos que te gusta el tema —dice Jacinto.

—Ya ves, ¡más que a un tonto un lápiz! Pues mira, la mayor parte de la gente que tiene una cartera de inversión siguiendo una metodología concreta, porque otra gente tiene cosas compradas al azar o porque se lo ha dicho el cuñado o el del banco, o ambos, si es que tienes un cuñado que trabaja en el banco… que es lo peor que te puede pasar; bueno, la mayoría de la gente utiliza una cartera que, simplemente lo que hace es repartir todo el dinero entre dos tipos de productos de inversión: acciones y bonos. Estos dos tipos de productos de inversión son, en general, lo suficientemente distintos como para que, cuando uno de ellos baja de valor, el otro suba algo o se mantenga como para que las caídas no sean muy pronunciadas. Y esta, en efecto, es la base de casi todas las carteras que te vas a encontrar. Ahora bien, hay muchos, pero muuuuchos, tipos de acciones y de bonos y muchas proporciones distintas en las que los puedes combinar. Luego, algunas de las carteras, como la mía, añaden algún otro producto, como el oro.

Y a Jacinto se le abren los ojos y se le sale la saliva:

—Oroooo, en cuanto ahorre me voy a comprar, digo, voy a invertir en… un lingote de un kilo.

—Pues oye, el oro también es un producto de inversión, como otro cualquiera, lo que pasa es que la gente no tiene por qué tenerlo en forma de lingotes, ni de dientes, como mi abuelo. Si es que quieres tener oro físico, se puede tener, pero en cantidades más pequeñas, Jacinto, porque un lingote de un kilo de oro vale cinco o seis kilos de billetes ahora mismo, demasiado para tenerlo tú o yo.

≫Entonces, volviendo a la estructura de la cartera, la que hayas elegido, a la que le veas sentido, estará formada por unos cuantos productos que son los que vas a comprar. Es decir, tú imagínate que quieres comprar… fruta. Fruta equivaldría a acciones. Bien, pues frutaaaa… pues no toda la fruta es igual. No es lo mismo comprar plátanos que comprar manzanas, ¿vale? Eso es equivalente a decir “A ver, ¿qué tipo de acciones quiero comprar?, ¿quiero comprar acciones de empresas grandes?, ¿o acciones del campo sanitario, o de mercados emergentes, o…?”. Hay muchas formas de clasificar las acciones y los distintos tipos dan lugar a carteras distintas. Es como si, en el caso de lo de la fruta, dices, “pues venga: quiero comprar manzanas, pero a ver, exactamente ¿cuáles?, porque hay manzanas verdes y amarillas y rojas”.

≫Luego tienes que hacer un pequeño análisis de cuáles van a ser exactamente los productos que compres, porque habrá varios similares. De fondos de inversión, por ejemplo, a lo mejor hay varios que tienen acciones de las empresas más grandes del mundo, que es, imagínate, lo que tú necesitas. Pues tienes que ver, exactamente cuál quieres comprar, teniendo en cuenta qué es exactamente lo que lleva el fondo y viendo también cuáles son sus comisiones. Quizás encuentras varios fondos similares, que siguen el mismo índice, es decir, que se supone que llevan las mismas acciones, pero resulta que son levemente distintos y, aunque su comportamiento general va a ser similar, puede haber alguna diferencia que hay que mirarla, por si es importante.

≫Y después, tienes que ver también en qué tienda compras, porque a lo mejor hay manzanas rojas en varias tiendas, y en alguna te cobran la bolsa y en otras no, o cosas así. En el caso de lo de las acciones, pues pasa eso. A lo mejor, un fondo de inversión que tenga acciones del tipo de que tú quieres, está en distintas tiendas, con comisiones distintas. Bueno, cuando digo tiendas, quiero decir bancos. La mayoría de productos de inversión tiene que comprarlos un banco por ti. Un bróker. ¿A que suena guay? ¿Cómo se iba a imaginar un garrulo como yo que iba a tener un bróker cuando fuera grande?

≫Bueno, la mayoría de los bancos normales pueden comprar productos de inversión para ti: fondos de inversión, acciones, bonos o lo que sea. Luego, pues hay bancos específicos de productos de inversión. Uno de ellos es Renta 4, que es uno de los que uso yo y que a lo mejor te suena, porque tiene una oficina aquí cerca de donde hemos estado, aunque yo no he ido nunca a la oficina, lo manejo todo por internet. Otro se llama DeGiro, que se ha hecho relativamente famoso en estos últimos años por sus bajas tarifas, lo cual tiene su importancia, porque, si vas a ahorrar a largo plazo, las comisiones de mantenimiento deben ser bajas o nulas, como son en estos dos bancos que te digo. Y luego hay, por supuesto, muchos más brókers, que puedes encontrar, por ejemplo, en la página de rankia, con opiniones, comparativas y de todo.

≫Así que, una vez que tienes los productos de inversión elegidos, pasas las perras a los bancos que sean y das las órdenes de compra, con unos cuantos clicks y, una vez que los tengas comprados, ya tienes la cartera de inversión montada. Ya no es más que, cada cierto tiempo, ver cuál es su valor, si es que el hecho de que hayan cambiado de valor te debe hacer tomar alguna medida, como rebalancear sus componentes o algo así. ¿Entendéis? ¿Eh? ¡Oye!

—Zzzzzz…

—¡Chacho!, ¿os habéis dormido?

—Ay, sí, perdona Pepe —dice Jacinto, con un ojo abierto y el otro cerrado—, es que hablas tanto… —y Mari Antonia añade, entendiéndosele solo algunas palabras:

—No, sí te hemos escuchado. Tú tranquilo. Oye, he pensado yo una cosa mientras tus palabras pasaban por mi cabeza. ¿Cuándo vendrá bien empezar a invertir? ¿No sería mejor esperar a que bajen los precios de algunos de los productos que elijamos para entonces comprarlos más baratos?

—Pues, si la cartera que elegís es suficientemente variada como para poder capear todo tipo de climas económicos, no, no es necesario que esperéis, sino que empecéis a invertir lo antes posible. Al fin y al cabo, no tenemos ni idea de cómo van a variar los precios de nada, de aquí en adelante. O sea, que el mejor momento para empezar es ya.

Entonces Jacinto bosteza y comenta:

—Pues sí Pepe, me has animado. Voy a ver si me monto una máquina de estas de hacer billetes, porque una vez fotocopié un billete de 1000 pelas, pero eso no se quedó bien y no pude utilizarlo. ¡Maldita sea!

—¡Ay, qué sinvergüenza está hecho! Ale, ya hemos llegado a casita.

—Ay, que bien. Que siesta más buena me he echado. Voy a hablar con Mario Antonio ahora mismo para empezar a ver las carteras esas esta noche mismo —concluye Mari Antonia, con la mente refrescada y los ánimos por las nubes para poner en marcha la última parte del camino hacia la independencia financiera.