Este artículo es continuación de los dos anteriores, donde Pepe, junto con otras parejas amigas, enumeran cuáles son los principales cubos de basura donde terminan grandes cantidades de nuestro dinero, con el fin de conocerlos y así poder dejar de tirarlo y utilizarlo para algo que nos llene más, como… la independencia financiera, entre otros fines.

 

Esta vez, los seis adultos y toda su descendencia se han juntado en el parque del Camino Huerto, sitio tan bueno como cualquier otro por sus columpios y toboganes. Además, hoy se le une otra ventaja, debido a que, como está nevando, y esto es inaudito por estas tierras, hay muy poca gente por estos lares, lo que le permite a Pepe dibujar en la nieve limpia del suelo, con un palo, sus famosos esquemas con formas geométricas, para que parezcan procedentes de una investigación de la Universidad de Massachusetts.

Entonces, mientras llegan unos y otros y hablan de esto y de aquello, entre ellos y con algunos otros padres que están en el parque con sus zagales, se oye de repente a Amancio que suelta:

—Pues el Pepe, ¡que se ha empeñado en sacarnos de pobres!

Y Eufrasio, con el que está hablando y padre también de churumbeles de la misma quinta, responde:

—¿Ah, sí? ¿Y eso cómo es?

—Pues vente para acá y así te enteras. —Y, dirigiéndose ahora hacia Pepe, comenta—: Oye, Pepe, ¿seguimos con el análisis que dejamos sin concluir los otros días?… ¿Has visto que palabras más finas?

—Claro, si queréis, ya mismo.

Como todos parecen estar de acuerdo, Pepe comienza:

—Bueno, recordaréis que os hablé de las cosas que considero que son en las que más dinero desperdiciamos, por inercia, porque todo el mundo lo hace o porque parezco más guay si lo hago.

—Sí, como el comer saludablemente y sin tontás —salta Genaro—. ¿Sabes?, Gema y yo hemos estado dando “clases de cocina”… con mi suegra —y mira de reojo a Gema— y de momento sabemos hacer guisados y cosas de estas. He hecho los cálculos y el plato sale entre 1 o 2 €. De momento no nos sale tan sabroso como a mi suegra, desde luego, pero… ¡lo perfeccionaremos!

—Claro, es que ella tiene muchas décadas de práctica.

—Sí —interviene Gema—, y también hemos estado mirando si Genaro podría cambiarse de trabajo a otro, aquí en el pueblo. Ganaría menos, pero se quitaría la hora de ida y de vuelta en el coche que se pega todos los días, los 200 o 250 euros que se gasta en gasolina al mes y la mayoría de los gastos del coche, que tiene que estar pasándole revisiones cada tres o cuatro meses.

—¿No me digas? Pues no sé cuánto menos ganaría en el trabajo de aquí, pero sí estoy seguro de que sería un movimiento excelente hacia la mejora de vuestra vida y no solo financiera. ¡Que dos horas al día… son muchas horas! Con que pase la mitad de ellas con vuestros críos, ya va a valer la pena, por llamarla así, de sobra.

—Sí, sí es verdad —asiente Genaro—. Lo que pasa es que me da… miedo. Pero pensado fríamente, hoy que hace fresco, solo puedo ganar con el cambio.

—Claro —añade Pepe—, eso es lo que digo de la inercia. Somos peores que los borregos. Bueno, iguales. ¡Pobres borreguillos! En todo caso… ¡ánimo!, miradlo bien y, si es posible el cambio, ¡dadle caña!

—Sí, lo miraremos —termina Genaro diciéndoselo más bien a Gema.

—Pues bien… —continúa Pepe— nos quedaban por ver algunas cosicas que, si bien no afectan de forma tan drástica como las anteriores a la salud financiera de las personas, sí que muchas veces la empeoran innecesariamente. Y la primera de ellas es… —dice, mientras dibuja una figura geométrica en la nieve—:

  • Optimizar el gasto de luz, agua y gas de vuestra casa, o sea, por un lado procurar no desperdiciar energía, es decir, no tener puestos la tele o el aire acondicionado o la calefacción a todas horas del día, no poner 10 lavadoras a la semana, no tener un  frigorífico viejo enchufado en la cochera para enfriar las tres cervezas que tienes ahí… Cosas de ese estilo. Además, lo suyo es contratar estos servicios con la empresa cuyos precios mejor se adapten a tu consumo.

Y Felipe interviene:

—Uhhh, pero analizar todo eso tiene que ser muy complicado, ¿no?

—En absoluto. En internet tienes cuatrocientos comparadores de tarifas de electricidad y de gas, el de la ocu, por ejemplo, es uno de ellos. Y cambiarse es sencillísimo, aunque quizás no tanto como lo siguiente de lo que quiero hablaros, que es:

  • Optimizar el gasto en impuestos.

—Ahí sí que lo hacemos bien —salta Amanda—, porque nosotros no nos gastamos nada en impuestos, es decir, la declaración de la renta nos sale a devolver todos los años.

—Ya. ¿Pero os devuelven el máximo de lo que os han retenido?

—¿Retenido? ¿Qué máximo? —pregunta con cara de enfado.

—Aquí, en España, como primero nos retienen unas cantidades en la nómina y en las ganancias de los bancos y luego nos dan lo que sobra, pues no solemos ver esos pagos de impuestos, porque esas perras no pasan por nuestro bolsillo, pero suelen ser cantidades considerables, como para prestarles bastante atención. Sin embargo, mucha gente que no tiene negocios ni nada especial, lo único que suele hacer es ver el borrador de la declaración y confirmarlo, sin ver o prever la forma en la que lo puede mejorar.

—Ah, ¿y cómo podemos hacer eso? —pregunta Amancio—, porque a lo mejor sí que nos pueden devolver más, a mí me suena que me quitan 400 € cada mes de mi nómina para el PIRF este, o como se diga.

—Pues analizando la situación de tu familia con detalle. En internet puedes encontrar muchas orientaciones generales, aunque, si la situación es algo compleja, lo suyo es hablar con un gestor de confianza, pagarle unas pocas pelas y que nos explique cómo mejorar la declaración en unas cantidades mayores que las que le pagamos.

—¡Vaya, Pepe!, me extraña oír eso de ti, lo de contratar a alguien para que te haga un trabajo —salta Fátima—. ¿No sueles decir siempre de hacer las cosas por ti mismo?

—Sí, siempre, a no ser que, después de intentarlo tú, creas que el que lo haga otra persona te será rentable. De hecho, lo que dices es exactamente lo siguiente de lo que quería hablaros:

  • Experimentar el placer de hacer un trabajo por ti mismo, con tus músculos o tu cabeza, en vez de con un motor o con la cabeza de otra persona. El ejemplo máximo de esto es usar la bici para ir a los sitios —y entonces a Pepe se le abre una sonrisa de oreja a oreja—, ya que permite no estar cogiendo el coche para trayectos que tardaríamos 10 minutos en hacer andando y que por eso no aceptamos normalmente hacerlos a pie. Yendo en bici tardaremos 3 minutos y, además, ¡aparcaremos en la puerta del sitio donde vayamos!, lo que no ocurre precisamente si vamos en coche. —Y continúa, hablando un poco más bajo— Además, si os gusta, podéis saltaros los semáforos, echar por dirección prohibida y por en medio de las calles peatonales…

—Ya —interviene Amancio—, pero yo no puedo dejar mi bici, que me ha costado medio kilo billetes… o sea, casi 3000 euracos, en la puerta del supermercado. Ni con un candado.

—Claro, lo entiendo Amancio —contesta Pepe—. Pero eso sabes tú por lo que es: porque te has gastado un pastón en una cosa de una calidad desproporcionada para lo que la necesitas, lo cual es otro de los puntos de este esquema —:

  • No comprar bicis, móviles, relojes, bolsos, zapatos… que están muy por encima de lo que necesitas, que son completamente de lujo. Si tuvieras una bici, si no como la mía, un poco mejor, que te habría costado 400 o 500 € y que no llamaría tanto la atención, podrías usarla más para moverte por el pueblo y no solo para salir al monte.

—Ya, ¡pero yo necesito una buena, para salir los domingos!

—¿Seguro? ¿Cuánto te pagan por cada salida?

—¿Qué me van a pagar? —contesta Amancio extrañado.

—Pues si no eres ciclista profesional, una bici que te costara 5 o 6 veces menos que la que tienes, te sería mucho más útil. Aunque, sí, ya lo sé, el resto de gente con la que sales los domingos se reirían de ella, aunque quizás solo hasta que les dijeras que también has estado saliendo con esa misma bici durante los días de entre semana, mientras ellos trabajan… ¿No sé si me explico?

—Sí, sí te explicas. Lo consideraré… que le tengo mucho cariño a mi bici.

—Ya. Y yo a la mía. Esto también pasa con algunas cosas que les compramos a nuestros críos: juguetes o ropas, como si es que pertenecieramos, ellos y nosotros, a la realeza. Por ejemplo, bicis de marcas profesionales de varios cientos de euros, ropa a la moda cada temporada, millones de juguetes para los cumpleaños, navidades y fiestas varias, la mayoría caros e inútiles… Y muchas de estas cosas, sin que las pidan, solo porque nos gustan a nosotros. Todo esto yo creo que perjudica, por un lado, a nuestra economía, y por otro, directamente a nuestros zagales, al estar insinuándoles con estas compras: “Mira nene, creemos que tú tienes que tener cosas de la máxima calidad, desde bien pequeño y aunque no las necesites”.

—Pues sí. Nuestra sobrina —indica Genaro— tiene todas las consolas que van saliendo. En cuanto salen a la venta, mi hermano va y se las compra, aunque no sea su cumpleaños ni nada. Yo no sé las perras que se están dejando en eso. Y luego mi sobrina, pues… sí juega algo pero, a las dos semanas están cogiendo polvo y ya está.

—Sí, suele pasar —continúa Pepe—. Pues lo mismo pasa con cosas que nos compramos nosotros: móviles último modelo, de 500 €, bolsos, zapatos, relojes y demás, del orden de los cientos de euros, que más de uno se compra para… una boda, y ya está.

Y Felipe comenta:

—Sí es verdad, no hace falta tanto, porque mira, el móvil que tengo yo, que tiene ya tres o cuatro años, va súper bien, ¡sobre todo conectado al WiFi de casa de 100 Mbps!

—Ah, ¿y por qué necesitas tanta velocidad de internet? —pregunta Pepe.

—Hombre, a mí me gusta que el internet vaya rápido; que le dés a un enlace y se abra la página antes de que levantes el dedo; que los vídeos no se atranquen nunca…

—Sí, pero eso nos cuesta casi 90 € al mes —dice Fátima con retintín.

—Bueno, pero en esos 90 € están incluídos, además del internet a máxima velocidad, el teléfono fijo y los canales de televisión.

Y ahí salta Pepe, diciendo:

—Pues esa es otra cosa en la que mucha gente puede ahorrar bastante:

  • Eliminando servicios innecesarios, como la tele por cable o tarifas de internet, de fijo y de móvil absurdamente caras.

—Pues sí —dice Felipe— porque la tele no la vemos nunca…

—Y el fijo no lo usamos nunca —completa Fátima.

—Pues, no digo yo que os quitéis el internet —añade Pepe—, pero si quitáis lo que no usáis y cambiáis la tarifa de internet a otra más barata, que os funcione para el uso no profesional que hacemos todos en nuestras casas, os podéis ahorrar 70 € al mes, por lo menos, que en 6 o 7 años, aún sin invertir, juntarían un kilo de billetes. Y todo, ojo, sin disminuir vuestra calidad de vida en nada; simplemente viviendo sin desperdiciar.

—Ya —medio admite Felipe—, pero es que a Flora… y a mí… nos encanta que los vídeos del youtube empiecen inmediatamente, en cuanto les tocas.

—Bien, si podéis mantenerlo todo si queréis, pero sabiendo que estás pagando un millón de pesetas cada seis años por el hecho de que los vídeos empiecen al momento, no pensando que es gratis.

—¡Chaaacho! Visto así…

—Claro. Otra cosa que la gente contrata y se olvida para siempre, son los seguros: del coche, de hogar, de vida… Lo suyo es que estos los revises y los compares con otros cada año, un poco antes de que se vayan a renovar, ya que, a lo mejor, tu situación a cambiado o las ofertas han cambiado. Pero por gandulería, poca gente lo hace.

Y ahora interviene Eufrasio, que ha estado callado y atento durante todo el rato, admirado por los esquemas geométricos de Pepe, diciendo:

—Eso lo he hecho yo hace poco. El seguro del coche me subía una barbaridad y, con un buscador de esos por internet, lo he cambiado de compañía y me sale a la mitad que donde lo he tenido… toda la vida. Oye, el otro día vi unos carteles de una charla que hacían en la biblioteca de algún tema que tenía que ver con esto, con algo de no gastarte las perras que vas ganando, sino invertirlas para que te dieran ganancias y poder así no depender de un trabajo para tus gastos. Si queréis, miramos cuándo es y vamos a verla.

—En realidad, Eufrasio, ya la estás viendo —contesta Pepe—, porque la daba yo. Asistió tanta gente que no pude ni terminarla y por eso la estamos terminando ahora. Solo faltaría explicaros algo de cómo invertir los ahorros y ya está.

Y entonces Gema explica:

—¡Ah, sí! Juanico, el de nuestro banco, le ha dicho a Genaro que han sacado un magnífico depósito al 3 %. Y Genaro está empeñado en contratarlo, pero no sé yo…

—Es un seguro de ahorro, no un depósito —aclara Genaro.

—Y ¿eso qué es? ¿No dijiste que es lo mismo que un depósito a plazo fijo?

—Pues no sé, en realidad, lo que es.

—Bueno —interviene Pepe—. Esperaros a que os comente lo de la inversión, que es bastante distinto a contratar un depósito al ná %. Pero eso lo veremos en otro artículo, que llevamos más de 2000 palabras en este y se va a cansar to Dios de leerlo…

Una vez más, todo se para. Los columpios dejan de chirriar, los zagales se frenan en medio del tobogán y se quedan todos mirando fijamente a Pepe, hasta que dice:

—Estoooo… Oye, estos días había una lluvia de estrella, las Cuadrántidas me parece que era, ¿por qué no nos vamos un poco hacia Las Fuentes, que está más oscuro, a ver si vemos algunas estrellas fugaces?

Y, en un par de segundos, algunos dicen:

—Vale. De acuerdo.

—¡Amadeo, ven que te ponga la bufanda! —dice Amanda.

Y todos se van de allí. Todos, excepto Eufrasio, que no puede despegar su mirada de la belleza geométrica del dibujo hecho por Pepe en la nieve… con el palo.