De payaso a Superman, en dos artículos (que no cabía en uno).

Como en la conferencia que dio Pepe a sus amigos, solo les dio tiempo a empezar a analizar algunas de las cosas concretas que puede hacer uno para pasar de la obligación de ganar un sueldo a ser tú el que elijas si ganarlo o no, todos han decidido reunirse nuevamente, pero esta vez en un contexto más natural, Las Fuentes, donde siempre se está más a gusto que dentro de una habitación.

Y como aquí no hay ordenador, proyector ni enchufes, Pepita ha cedido amablemente su pizarra magnética para que Pepe pueda mostrar el carácter científico de sus palabras (además del carácter aromático, lo cual, muy pocos podrán apreciar).

Así, después de llevar más de media hora allí, esperando que lleguen todos y charlando de temas de máximo interés, como la salud o el tipo de educación que creen que es mejor, aparecen por aquellos lares los zagales de Felipe y Fátima y en la lejanía se oye:

—¡Pepe, Pepe!

Al momento, asoman ambos por una senda y Felipe, emocionadísimo, va y suelta:

—¡Pepe, Pepe, hemos vendido el X6! ¡El BMW, tío!

Y mientras los allí presentes van empezando a recordar y a entender de qué está hablando Felipe, él continúa como si se acabara de tomar tres cafés:

—Lo hemos vendido por menos de lo que nos costó nuevo, claro, pero suficiente para cancelar el préstamo que habíamos sacado y para que sobre algún milloncete. ¡Es que hay que ver que caro era, por Dios! Lo dicho. Yo creo que con lo que nos hemos ahorrado y lo que nos vamos a ahorrar de aquí en adelante, nos hemos quitado al menos 10 años de trabajos forzados… ¿No crees tú?, ¿eh?, ¿qué opináis vosotros?, ¿eh?…

—Perdonadlo —interviene Fátima—, es que se ha tomado un café con Red Bull para celebrarlo, y parece que se ha pasado…

—Sí, puede ser. Empezad vosotros, que yo voy a correr un ratico por estos montes y vuelvo en diez minutos. ¡Voy a ver si pillo una ardilla! —termina Felipe, con los ojos un tanto más abiertos de la cuenta—. ¡Ardillas, venid!

Y, tras unos segundos de tranquilidad, Pepe comienza:

—Buenos, señores, si queréis continúo con lo que empezamos a hablar el otro día, que para eso Pepita nos ha dejado su pizarrita…

—Venga, sí —dice Gema—. Nos habías hablado de no tener deudas, que es lo que más me sorprendió a mí, y de tener un coche y una casa “moderados”.

—Bien, pues en relación con lo del coche y con lo de la casa, también uno puede considerar:

  • mudarse a un sitio más cercano al trabajo o cambiarse a un trabajo más cercano a donde vives, tanto monta, monta tanto, con el fin de no estar haciendo kilómetros y kilómetros todos los días. Esto a penas lo hace gente, sobre todo teniendo en cuenta que echar aunque solo sea media hora yendo y otra media volviendo del trabajo, todos los días, puede terminar siendo un gasto bárbaro, en combustible, en mantenimiento del coche y en tiempo tuyo perdido en la carretera.

—Bueno —salta Genaro—, pero hoy día es muy fácil juntarte con otros para compartir coche, lo que disminuye un montón el gasto del viaje.

—Sí, por supuesto. Si puedes, siempre comparte el viaje, no tiene más que ventajas. Pero aún es más ventajoso no tener que coger el coche para ir a trabajar porque puedas ir andando o en bici. La diferencia en calidad de vida por no tener que coger el coche, para mí, es grandísima.

—Pero, ¿y si es mucho más caro vivir cerca del sitio donde trabajas?

—Entonces, como he dicho, podrías intentar cambiar de trabajo. Y, relacionado con eso que dices, Genaro, está el siguiente movimiento del que os iba a hablar:

  • Mudarse a un sitio más barato, que es algo que sí hace alguna gente, aunque no tanta como debiera, supongo que por los lazos personales que tenemos con quienes viven cerca de nosotros.

—Pero, hombre, Pepe —interviene Amancio—, en pueblos pequeños no tienes ni mucho menos las comodidades que tienes en una ciudad, eso lo sabes tú… no tienes cine, centros comerciales, una biblioteca grande, parques con columpios hermosos para que jueguen los críos…

—Sí es verdad, aunque sobre todo los centros comerciales supongo que estás de acuerdo en que es mejor si no los tienes cerca. Pero además de lo que tú has dicho, en las ciudades también tienes avenidas con tres o cuatro carriles, es decir, tráfico mucho mayor, una calidad del aire mucho peor, zonas verdes como esta donde estamos mucho más lejanas, para las que tienes que coger algún vehículo para llegar… Yo creo que en un pueblo pequeño, hoy día sigues teniendo los mismos servicios necesarios que en una ciudad, a una fracción de su precio y, probablemente, con mayor calidad de vida. No obstante, todos los sitios tienen sus ventajas e inconvenientes y a una ciudad grande también le veo ventajas. Lo que yo quiero decir es que uno puede cambiar de lugar de residencia con el fin de acercarse a la libertad financiera y poca gente lo tiene en cuenta. Mucha gente da por sentado que vive donde vive y ya está.

—Pues sí —salta Felipe que acaba de volver de correr, más excitado todavía—. Mi hermana y mi cuñado, cuando se casaron, se compraron la casa en el pueblo de al lado, de donde es él, que estaban más baratas y, siendo similar a la nuestra, les costó 6 o 7 kilos de billetes menos. ¡Dios, qué sed!

—Toma, nene, bebe —le dice Fátima mientras le acerca una botella.

—No, gracias, me voy allí a las escaleras a beber directamente del río, que he visto que hay una nube justo encima. ¡Ahora vuelvo!

—Pues sí —continúa Pepe—. Y hablando de beber, y de comer, otra cosa que resulta de crucial importancia para evitar el malgasto es:

  • Aprender a alimentarse correctamente, es decir, aprender a preparar comidas sanas y baratas. De hecho, el que sea sano y el que sea barato suele ir junto y, de la misma forma van el que no sea sano y el que sea caro.

—Y ¿a qué te refieres con comida sana? —pregunta Genaro—, porque existen muchos criterios para establecer eso, según el tipo de dieta y según la época. Porque, por ejemplo, yo recuerdo que hace unos cuantos años los huevos eran malos, subían el colesterol o no sé qué, y ahora no, ahora son buenos.

—Sí es verdad, y lo mismo pasaba con los petit suisse hace algunos años más. ¡Joer, qué viejos somos ya, eh! Por todo eso, yo creo que lo mejor es no hacerle caso a todas esas cosas, sino comer de casi todo y lo menos procesado posible, que suele ser lo que lo hace más barato. Concretamente, verduras y legumbres a porrillo, carne de todo tipo, pescados… y todo ello, cocinado por separado o junto, en cocidos, guisados y platos así… de caldo, que ahora que ya hace fresco, sientan de maravilla. —Y en esto vuelve Felipe— Y menos cafeína, ¿verdad Felipe?

—¡Sí, sí, eso mismo! —contesta, sin enterarse, mientras continúa haciendo Jumping Jacks—. Amancio, Amanda, ¿me dejáis una bici, que me dé una vuelta?

—Sí hombre —contesta Amanda—. Espera que le quite la silla pequeña de Amadeo y te vas a darle caña. ¡Ten cuidado, no te vayas a pegar un traspajazo, que vas un poco… acelerado!

—Sí, no te preocupes. A ver si quemo la cafeína esta que sí que es verdad que me estoy poniendo malo. Oye, Pepe, el usar la bici, como hace Amanda, para ir a los sitios, en vez de el coche, llevando incluso a los críos, con una silla de estas que va enganchada detrás, ¿no es también algo que has dicho tú alguna vez que ayuda a ahorrar? —pregunta Felipe, mientras sale lanzado con la bici, haciendo una cabra y sin hacer caso de si lo han escuchado o no.

—Efectivamente, aunque las cosas con las que vamos a dejar de desperdiciar más dinero, yo diría que son las que ya hemos visto, hay unas pocas más que también ayudan, aunque supongo que en general no son tan decisivas como las anteriores. Por eso, si queréis, nos juntamos en un tercer artículo de esta historia…

Y, de pronto, se hace el silencio, los pájaros dejan de piar, y todos, hasta las ardillas, miran muy serios a Pepe.

—Digo que… luego vemos las otras cosas, ¿vale?

De pronto, el movimiento en el mundo parece que vuelve a instaurarse y alguno contesta:

—Bueno, sí.

—Vámonos a andar un poco —dice algún otro.

Y sin más añadidos, se van a darse un voltio, sabiendo que tienen deberes sobre los que pensar, si quieren alcanzar la libertad financiera.

 

 

 

 

—¡Ehhh!, ¿dónde estáis? ¡Que ya he vuelto! ¡Que he cazado una ardilla! ¿Dónde estááááis!

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© 2017 Pepe Peseta Patilla. Tema de Anders Norén.